Los regalos de la naturaleza

 In Uncategorized

Soy un amante innato de la naturaleza, de sus paisajes, sus colores, olores, sensaciones y de toda la belleza que el planeta Tierra y el cosmos nos ofrece cada día. Lamentablemente sólo somos muy pocos los que disfrutamos de éste maravilloso espectáculo y somos menos lo que sentimos placer con el soplar del viento, la caída de una hoja, el brillo de la luna en una noche estrellada, el sonido de las olas cuando está rodeado de silencio o la lluvia que se filtra entre las copas de los árboles.

Es por eso que me gusta mucho salir de casa no sólo a caminar por un parque nuevo y solitario o por un callejón secreto detrás de la urbanización; también me gusta mucho viajar alrededor del mundo para encontrarme con esos regalos que la naturaleza nos brinda hasta con listones de colores, envueltos perfectamente para que llegues y lo abras con cuidado, con amor y agradecimiento.

He visitado algunos países de los que he rescatado aventuras y sobre todo lugares mágicos y emblemáticos. Los regalos que más me gustan son los raros, aquellos que se quedan rezagados y que nadie quiere abrir porque claro, se van por las envolturas más vistosas, grandes y caras; pero lo que no saben es que esos regalitos son una belleza que no se pueden perder.

Cuando fui a Japón recorrí sus calles famosas y disfruté bastante de sus templos y sus tiendas de moda, pero decidí visitar algún lugar que no fuera tan vistoso, tan concurrido, que nadie le hiciera caso; un lugar solitario para poder disfrutar de los atractivos de Japón. Me decidí por la región del norte: un pueblo llamado Yamadera en Sendai.

Cuando llegué a la estación de Sendai, tomé el tren que me llevaría a Yamadera. El viaje fue fantástico ya que, mientras más avanzaba, el paisaje se hacía cada vez más llamativo. El punto de éxtasis fue cuando, al salir de las entrañas de un cerro, el tren continuó a través de montañas nevadas, ríos y pinos blanquecinos. La locomotora rodeaba estos cerros para ofrecer una vista blanca como los mármoles carrara, pero suave y brillante como un puñado de purpurina.

Al llegar a mi destino, me encontré con un pueblo solitario y silencioso del que deseé no salir. Éste estaba rodeado de cerros nevados y las casas típicas te transportaban a un mundo de samuráis en pleno invierno. Al centro de Yamadera un puente conectaba la estación del tren con uno de sus templos. Debajo de éste un río caudaloso se movía feliz a pesar del frío que hacía y de la nieve que acumulaba en sus orillas.

Más adelante, las escaleras para subir al templo me dieron la bienvenida. Con cuidado de no resbalarme subí lentamente para llegar al templo Konponchudo. Como era invierno, el lugar estaba vacío, lo que hizo que la visita fuer especial porque pude disfrutar de la soledad, del frío y de su tranquilidad.

En la tienda del templo me compré algunos amuletos de la suerte y decidí cenar Udon en uno de los restaurantes frente a la estación. De regreso a la ciudad de Sendai recordé lo afortunado que era de poder conocer estos maravillosos lugares, de poder abrir esos regalitos que nadie quiere para encontrar en su interior polvos mágicos que me llevan a lugares como salidos de algún cuento de hadas.

Recent Posts